Ese día fueron acribillados allí, alevosamente, 19 presos políticos de los cuales 16 murieron. Fue un hito muy grave en la década del 70, siguiendo el camino que conduciría al mayor genocidio de la historia argentina, la antesala de lo que vendría en un país que ya no volvería a ser el mismo. La incapacidad para justificar lo injustificable en estas masacres, contribuyó quizás a que el plan represivo del terrorismo de estado del 76 fuese clandestino.
En aquella oportunidad, luego de una acción conjunta de las organizaciones Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, que permitió la liberación de seis jefes de esas organizaciones, quedaron por motivos que escapan a éste artículo, sin poder salir, el resto.
Ellos debieron entregarse finalmente. El capitán Sosa uno de los captores, da su palabra de honor sobre las condiciones de seguridad con la que serán tratados los presos una vez que se rindieran y entregaran las armas. También Aramburu prometió a Valle respetar su vida al entregarse para parar los fusilamientos de los alzados de 1956. Ciertamente jamás cumplieron con su palabra “de honor”.
Los detenidos habían sido trasladados a la base unos días antes. Tres de ellos, María Antonia Berger, Alberto Camps y Ricardo Haidar, aunque malheridos, salvaron sus vidas casualmente, tal vez por factores no contemplados en la acción criminal de sus verdugos. Los carceleros de aquella madrugada del 22 de agosto alegaron defensa propia al ejecutar a los detenidos. La violencia y la represión en esa cornisa antidemocrática parecía cada vez más desprolija, alevosa y feroz.
El peronismo, es bueno recordarlo, jamás había fusilado a nadie. En los hilos de la historia, la visión y la perspectiva de los hechos de Trelew aportando a la construcción de la memoria social es bastante clara en cuanto a los motivos de estos crímenes: Todos tienen un punto en común basado en el terror indiscriminado como escarmiento para imponer en realidad los objetivos de fondo expresados siempre en una distribución regresiva del ingreso y del poder en detrimento de los intereses populares. Esta es la clave.
La conexión directa entre el proyecto de apropiación de la riqueza y la apropiación de la vida, entre el plan económico y el plan represivo, tiene tantas evidencias históricas que son incontrastables. Los eventos de Papel Prensa por ejemplo, de los años ’70 y hoy investigados por la justicia, son un caso emblemático de gran significación por la alianza oscura que los constituye. Los pretextos esgrimidos que son diversos esconden las verdaderas intenciones.
Viejas tácticas que se reelaboraron adecuadas a cada momento por los golpistas civiles y/o fusiladores del momento. Cierto es que la memoria de lo acontecido no es ni puede ser única desde el momento en que vivimos en una sociedad plural, pero los resultados prácticos son contundentes. Se aporta a mantener viva la memoria y evitar la impunidad.
La impunidad nace del silencio y el desconocimiento. Nestor Kirchner pidió perdón en nombre del estado por los años de callarse la boca. Le salía claramente al paso a la impunidad. Cuando se habla de memoria, verdad y justicia, la pensamos cómo la herramienta fundamental para permitir un mejor futuro a las generaciones venideras. Y debe ser con derechos individuales, humanos, elementales, respetados en toda su magnitud y en paz.
Hoy, mirando precisamente a esas generaciones, esperamos tener incorporados en algún momento a los Derechos Humanos cómo un hecho social y cultural, y así, aquellos que fueron exponentes de la lucha de un época y una generación, cómo los asesinados en Trelew, sean expresados finalmente, desde la vida y los sueños por los que lucharon y murieron.
Por Ing. Humberto Rava
Secretario de DDHH. Tucumán
Secretario de DDHH. Tucumán
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